Diarios
Estados Unidos

Esta es otra crónica de mis días recorriendo la parte sur de Estados Unidos. Arizona, Nuevo Mexico y Texas. Es la historia de lo que un nómada observa cuando atraviesa un país. Cuando lo hace con los cinco sentidos bien despiertos, atentos a cualquier señal que pueda venir del exterior. Aunque estas sean muy escasas.


Escucho en las noticias que más del 70% de las carreteras del estado de California están en mal estado. Los baches que voy esquivando a mi salida de Los Angeles lo confirman. Dejé esa enorme ciudad con la bici llena de ilusión, comida y sin ninguna condición física. Aunque de una ciudad como Los Angeles uno no sale en un día. Tardé unos tres días en dejar de ver edificios y centros comerciales. Los centros comerciales han sustituido en la era moderna a la plazita del pueblo, al banco y a la arboleda. El éxito de un centro comercial radica en la capacidad de su aparcamiento y en la existencia de abundantes cajeros automáticos. Si a eso le añades tres o cuatro cadenas de comida rápida y un par de cines, te aseguras que el pueblo entero pase por ahí una vez a la semana. Posiblemente más.



La luna brilla con la insolencia y la belleza de una muchacha de veinte años. Se desata de los últimos pinos que pretenden enredarla, como un globo de helio que se le escapase a un niño, y alza su redonda figura al firmamento. Ni siquiera las estrellas son capaces de competir hoy con su hermosura. Su luz baña el bosque y convierte mi hoguera en poco más o menos que la débil llama de un extinto encendedor. Agónico fuego con el que ahuyento no tanto el frío como los osos. Si, de nuevo osos. Ya había mandado mi spray antiosos al rincón más oscuro y tenebroso de mi alforja trasera derecha y he acudido, hoy, a su rescate. A punto de entrar a Yosemite la presencia de osos negros es notoria.
La nieve ha bloqueado durante casi una semana el paso de 3.000 metros que, en la parte este, da acceso a este Parque Nacional. Una nueva tormenta está al acecho y no creo que vuelvan a limpiar el Paso Tioga. Permanecerá cerrado hasta Mayo del año que viene. Es lo habitual. Pero antes de continuar con la luna, las tormentas y la hoguera; Las Vegas.





Leyendo esta crónica alguno va a querer pillar uno de esos vuelos de bajo coste del estilo a los que ofrecen www.vuelo24.es y venir a darse una vuelta por el sur de Utah. Algunas fotos que acompañan estas palabras dan prueba de ello. Pero antes una anécdota amarga que me aconteció tras pasar unos días de gloria en Salt Lake City en los que he hecho nuevos amigos: Lou y Julie, la encantadora pareja de warmshowers. Cualquier calificativo se queda corto para describir su generosidad, su hospitalidad, su amor por los ciclistas: por cualquier tipo de ciclista, haya estado 15 años en el camino o 15 horas.

El hombre que dispara ha terminado su munición justo cuando llega su hija en otro coche que conduce la mama. La niña, de unos catorce años, va corriendo a buscar la diana para comprobar cuántos aciertos ha hecho su héroe. Creciendo en ese ambiente, lo más normal es que para el próximo cumpleaños la niña le diga a sus papas: "Quiero un rifle, o si no, una moto".




La razón para modificar mi ruta se llama Terry. Un neozalendés que conocí en su país hace meses y que con sesenta y pico años, ha estado recogiendo manzanas por 15 dólares la hora para juntar fondos y pagar un avión que, junto con su bici, le trajera por estas latitudes. Terry cruzará por esa pista que lleva a Dawson (Canada) y si yo lo hago por otra frontera no nos veremos. Y eso no se puede consentir.
Los encuentros entre viajeros son tan raros y excepcionales como hallar en tu jardín un trébol de cuatro hojas, ver un arco iris doble o sorprender a un alce cruzando la ruta.


Monté la bici y coloqué todas las alforjas, ante la atónita mirada de un policía que no daba crédito a que una bici pudiera acarrear tanto material. Una vez terminé, comi unas bolitas de arroz que había preparado por la mañana antes de ir al aeropuerto, y salí a la calle. 0ºC y un viento que cortaba la digestión.


Esta es la crónica de un accidentado viaje rumbo a Alaska. Una pequeña historia que comenzó en Hilo (Hawai) a las 5 de la madrugada con mis ojos haciendo competencia al sol para alumbrar el día. Mi amigo Bryan de couchsurfing y su hijo Ashton de cinco añitos me ayudaron a llevar la pesada caja de cartón en la que Karma viajaría hasta Alaska. Como si fuera ET, con sus enormes ojos azules abiertos a la mañana, Ashton ni se movía en el manillar de la bici. Su padre Bryan, con un equilibrio digno de galardón en el festival de circo en Montecarlo, sostenía la caja en una mano mientras conducía la bici con la otra. Durante unos kilómetros le di el relevo, llevando yo la caja, y llegamos al aeropuerto. Me despedí de esta especial pareja que me ayudaron enormemente durante mis sucesivas idas y venidas a Hilo. Ashton tenía los ojos húmedos al irse.



La página web del Departamento de Exteriores de USA mete el miedo en el cuerpo a todo aquél que pretenda poner los pies en Casa Obama. Ya no basta con tener un pasaporte electrónico. Además, si se entra por el espacio aéreo, hay que enseñar un billete de salida del país. Mi amiga Ebba en Auckland me ayudó a conseguir uno gracias, no a una compañía aérea, sino a un programa de ordenador llamado PDF (Porque debes falsificar). Ni la compañía aérea, Qantas, que me ha traído hasta Hawaii (¡¡gratis para Karma!!), ni el policía norteamericano que me escaneó los cuatro dedos de cada mano me pidieron el billete de salida. Ni tampoco me pidieron justificar que tengo recursos económicos suficientes para recorrer USA.














