Diarios
Nueva Zelanda

Nada me pone más nervioso que tomar un avión con mi bicicleta. El domingo me subiré a tres. No es miedo a volar. Es miedo a que rompan la bici al lanzarla desde la bodega del avión al carro de las maletas. En estos momentos siempre recuerdo la historia que hace unos cuantos años me contó Lorenzo en Mozambique. Era casi en el inicio de sus viajes por el mundo (lleva 14 años) y volaba a Australia. Le destrozaron la bici en el vuelo y como compensación le dieron 300 usd. Lorenzo ni siquiera se defendía en inglés y con su carácter apacible y reservado no iba a protestar. Un pasajero le ayudó a cobrar esa pequeña indemnización y le llevó hasta una tienda de bicis. Allí le vendieron una bici de segunda mano. Le costó 300 usd. Era de acero, de color verde y es con la bici con la que llegó a Mozambique y con la que ahora sube por los Estados Unidos rumbo a Alaska. En este último lugar tal vez nos encontremos de nuevo este año.






"Los chinos están enterrados en alguna colina más abajo" me asegura Mike, el actual dueño del Vulcan Hotel, con un maltoso acento que me obliga a poner todos mis sentidos en juego para entenderle.


"Ni siquiera uno de mis amigos se ha planteado la posibilidad de arriesgar, de viajar, de soñar, de apostar por una vocación, o por otro estilo de vida (...);la sociedad de consumo, la atadura al trabajo, y sobre todo el miedo, los miedos nos han vuelto mecánicos, pusilánimes, acomodaticios, ... incapaces de dar la vuelta a la tortilla".
Así me comenta por correo electrónico un antiguo amigo de la época universitaria en Pamplona. Se de lo que me habla. La mayoría de la gente con la que me encuentro en mis viajes suele preguntarme precisamente por eso: la fórmula mágica para dar la vuelta a la tortilla. De donde obtuve yo el coraje para, hace más de 10 años, abandonar el barco de la felicidad efímera del consumo y la inestable seguridad de unos muros y un salario.



















