Diarios
Canadá
Un viento favorable me impulsa para salir de Tok. Aunque no me sopla en la espalda sino en el corazón. La visita, inesperada y carnívora, de mis nuevos amigos españoles que conocí en Fairbanks me da la energía de la que mis piernas adolecen para mover a Karma. Se han metido más de 600 kilómetros entre pecho y espalda para hacerme dos impresionantes barbacoas. No pueden ser mejor gente. Gracias amigos.

Los 300 kilómetros que unen Tok en EEUU con Dawson en Canadá son correosos, polvorientos y sinuosos como las caderas de una veinteañera. Ni mucho menos tan duros como los de la Dalton por la que me arrastré para llegar a Fairbanks, pero exigentes. Poniendo a prueba los frenos y la paciencia, las piernas y el material. Los trozitos de asfalto eran más una tortura sicológica que una ayuda: uno no sabía el pavimento sería el comienzo de una parte más benévola de la ruta o si, como sucedía, eran apenas doscientos metros de alquitrán que terminarían, en la siguiente curva, en una marejada de agujeros, piedras y polvo suspendido en el aire listo para ser tragado o adherido a la piel completamente empapada de sudor. La temperatura superaba los 28ºC.
Los días siguen siendo interminables, la luz no disminuye de madrugada y el sol no se va a dormir sino que juega al escondite detrás de alguna montaña para relumbrar con más poderío minutos después. La decisión de parar, cocinar y dormir tiene más que ver con ese convencionalismo, ya casi hereditario, de mirar el reloj que con una necesidad natural. Y si bien la ruta no era excesivamente hermosa, un hecho aconteció que la convirtió en inolvidable.
La frontera más al norte entre EEUU y Canadá cerraba a las ocho de la tarde (hora de Alaska). La lluvia de la mañana que había trasformado la pista en un tiramisú de lodo y había decorado cada milímetro de Karma y de mis piernas con gotele de barro, ralentizó mi marcha un poco más haciéndome imposible cruzar ese día a Canadá. No conseguí rellenar las botellas con agua de ningún arroyo pues bajaban secos en esta parte de la ruta y, los escasos coches con los que al final del día me cruzaban, atendían mis demandas de agua con una botellita de miniatura que apuraba en un trago sin necesidad de poner en funcionamiento la nuez de mi garganta (Empiezo a comprobar que mi turbante suscita miradas nerviosas) Tenía por delante la última subida de tierra del 7% y el agua justa para prepararme un arroz con atún y un café a la mañana siguiente. A lo lejos dos personas entraban y salían de los matorrales. Caminaban unos pasos hacia arriba y luego hacia abajo. Parecían no saber muy bien a donde ir. No tenían mochilas y tan sólo unas chaquetas que, al aproximarme a una distancia de 100 metros, comenzaron a agitar. Y segundos más tarde a correr hacia mí gritando:"¡¡¡biciclown, biciclown, biciclown!!!"
Me detuve; mi mente no tenía la fuerza suficiente para continuar subiendo la empinada cuesta tratando de averiguar, al mismo tiempo, quién era esa extraña pareja. Pero aun agotado era evidente que, quien quiera que fueran aquéllos dos tipos, me conocían.Y más confuso quedé cuando me explicaron que no eran dos sino un millón. Un millón de elefantes.

"Álvaro, al acabar la peli, unos cuantos nos miramos y nos dijimos: hay que irse. Esto no se puede aguantar", me comentaron más tarde.
Rafa y Noe son profesionales del grafismo y las nuevas tecnologías que, utilizando su experiencia, han creado una web que ya ha ganado varios premios de diseño. Una comunidad de viajeros que ellos denominan www.unmillondeelefantes.com
Aunque habían cruzado a Canadá ese mismo día, se encontraron por casualidad con Domingo (el motorista del que habló en mi anterior historia) que les advirtió que yo no andaba muy lejos. Así que regresaron a EEUU para celebrar conmigo el solsticio de verano. Cocinaron una mágica tortilla de patata (con apenas dos huevos) y abrieron sus conservas más exquisitas para celebrar conmigo un reencuentro que llevaban años imaginando. Nos imaginábamos que el agua con el que brindábamos era cerveza fría. Con vistas infinitas sobre un mar de montañas y un cielo rojizo que había secuestrado el sol, celebramos una recién estrenada amistad que había surgido con el ímpetu que da encontrarse con alguien que viaja a tu velocidad, alguien que presta atención a los detalles del camino, que no acumula kilómetros sino historias, que pinta elefantes en vez de cazarlos, y que basa en la humildad y en el rechazo al comfort su discurso.
Si sali de Tok impulsado por el buen rollo de mis amigos de Fairbanks, mi último día en la pista de grava que serpentea cada colina hasta descender (!por fin¡) a Dawson para ahogarse en el río Yukon, fue más sencilla sabiendo que allí estaban Rafa y Noe aguardándome para celebrar, ahora con cerveza, nuestro reencuentro. Aunque este pueblo es famoso por la fiebre del oro de principios de 1900, ahora vive del turismo que se acerca al río con una sartén y ojos centelleantes, escuchando su murmullo de dólares.
Desde una cabaña de madera, con chimenea y lámpara de queroseno, escribo esta crónica. David Millar me ha invitado a su campamento al que los turistas aprenden a buscar oro y recuerdan como era eso de vivir sin electricidad, sin agua corriente y sin más ruido que el susurro metálico de un arroyo dorado.

Dawson huele a oro
Voy a buscar a Terry, la razón por la que me arrastré como una oruga desde Tok hasta Dawson, aunque una vez más el camino me ha regalado mucho más de lo que imaginaba. Quién viaja sin fecha de llegada, ni reservas o compromisos, quien circula a la velocidad de las mariposas con la sonrisa de un nómada tiene muchas opciones de encontrar algo más valioso que el dorado polvo: amigos.
Paz y Bien, álvaro el biciclown.

Escribe tu comentario
- Las opiniones son de los internautas.
- No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes o injuriantes.
- Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de lugar.
- Comentarios limitados a 1000 caracteres.


























